En 1912, en París, el Barón Adolf de Meyer, considerado el precursor de la fotografía de moda y primer fotógrafo de Vogue, le solicita a su joven amiga, una conocida pero controvertida bailarina anarquista, si posaría desnuda para él. El fotógrafo había recibido una solicitud para producir una serie de estudios sobre la danza para su publicación en «Camera Work», histórica revista de fotografía editada en Nueva York entre 1903 y 1917. La joven aceptó, bajo la condición de utilizar una máscara, a fin de conservar su anonimato y no alimentar la polémica en torno a su comportamiento disoluto. Su actitud coincidía con la de muchas modelos y fotógrafos que, de esta manera y obviando las limitaciones moralistas de la época, crearon grandes obras fotográficas de forma anónima, no exentas de cierta característica clandestina ligada al tema erótico. La fotografía anónima, al lado de la estética de «fin de siècle» e impulsada por las jóvenes vanguardias del siglo XX convierte el desnudo en un género experimental que buscará expresar el cánon de una supuesta belleza ideal.
Mónika Herrán, a manera de homenaje profundiza en el análisis estético de ése gran momento de la fotografía y produce su serie «Anonymous», estableciendo un diálogo con tiempos diversos en una indagación histórica que resuelve en estas imágenes fotográficas de gran elegancia con un toque de clasicismo inédito, reconociendo el desnudo como forma simbólica por excelencia. Este es el modo como la artista se hace contemporánea y ocupa su propio presente.
Pedro Alcántara Herrán






















