A comienzos de diciembre de 1989, recorriendo el Palacio de Adriano en la antigua Cartago, en Túnez, recogí una amapola y la coloqué entre las páginas de un libro que llevaba conmigo. Algún tiempo después, al retomar el libro, la encontré allí prensada; la escaneé para tratar de conservar su imagen antes de que se desintegrara y luego la trabajé cuidadosamente de varios modos, con distintas formas de iluminación y apelando a avanzados programas de recuperación digital.
Este experimento de interpretación artística dio inicio a una serie de fotografías titulada Floribus, que nace de la Amapola de Adriano, como la he llamado, y continuó con flores secas o frescas recogidas en las calles de Cali, en arbustos y árboles de las zonas más verdes de la ciudad y en caminos y veredas del departamento. Cada vez me sorprendía más la inmensa riqueza floral de nuestro entorno.
Esta experiencia marcó el inicio de una investigación que me ha permitido hasta hoy recopilar las fotografías de flores que ilustran un magnífico volumen editorial de gran interés artístico y científico, publicado en versión digital en octubre del 2022 y que lleva por título Floribus. De esta recopilación hice la selección de fotografías que componen esta exposición. El libro es también, de cierta manera, un homenaje a la inmensa labor botánica que desarrollaron Alexander von Humboldt, Aimé Bonpland y Francisco José de Caldas en Colombia, apenas iniciado el siglo XIX.
Las flores y sus significados simbólicos han estado presentes en las grandes leyendas y en los mitos imperecederos de la humanidad. En nuestro pasado precolombino, las culturas Llama, Yotoco y Sonso, conocidas también como Calima, plasmaban ampliamente la simbología de las flores en su prolífica orfebrería y en la ornamentación de su alfarería. Los aztecas adoraban a Xochiquetzal, diosa de las flores, consorte y hermana melliza de Xochipille, príncipe de las flores y dios del amor y de la belleza. Las flores ocupaban entre ellos el sitio más elevado de la escala espiritual y de los conceptos estéticos. Y en ese mismo nivel los romanos tenían a Flora y los griegos a Cloris.
En la historia de la cultura y el arte la flor ha sido un elemento recurrente en todas las manifestaciones creativas para estimular la emoción que suscita la armonía de su belleza. Testimonios dicientes de ello han sido Apolo y Jacinto, de Mozart; Los Nenúfares, de Monet; el Dúo de las Flores, de Léo Delibes; los girasoles de Gauguin; las flores de Georgia O´Keeffe; Oda a la Flor Azul, de Neruda; Flores Secas, de Irwin Penn; Jardínes, de Alejandro Obregón, y tantos otros. Con Floribus pretendo ofrecer el goce de este mismo placer estético con la mediación de mi mirada, de mi interpretación artística. Confucio, siglos atrás, condensó con sabiduría el inapreciable valor de los sentimientos y sensaciones que derivamos de la contemplación de las flores, con estas bellas palabras: “¿Me preguntas por qué compro arroz y flores? Compro arroz para vivir y flores para tener algo por lo cual vivir.”












































































